img_clopeza_20170223-133602_imagenes_lv_otras_fuentes_bailodromo-233-kf4c-656x992lavanguardia-webPor Lucía S. Naveros

Cuando vemos a unos turistas europeos arrojar monedas al suelo de un grupo de gitanas rumanas para reírse de ellas, la mayoría somos conscientes de inmediato del bárbaro horror que estamos presenciando. Sabemos lo que tenemos delante de los ojos: unos seres humanos que humillan deliberadamente a otros con menos poder por el disfrute de tener, en directo y sin anestesia, una experiencia de su superioridad. Nadie argumenta que ellas participan en el juego, al lanzarse a por las monedas, y que a lo mejor eso, mendigar y recoger monedas del suelo en la Plaza Mayor de Madrid, es lo que han decidido hacer con su vida, en el uso de su libertad.

En el caso de la utilización sexual de las mujeres, sin embargo, esa misma dinámica es para muchos oscura. Hace unos días se supo que una discoteca de Barcelona ofrecía 100 euros a las chicas que fueran sin bragas a varias fiestas que organizaban en febrero, en las que prometían “mujeres sin marido”. ¿Qué es lo que están haciendo los dueños de esa discoteca, y los clientes que sin duda acudirán en tropel ante tan estimulante espectáculo? ¿Se puede argumentar para defender esta convocatoria que seguramente habrá mujeres que por cien euros se quiten las bragas, y que es una cuestión de libre consentimiento?

Lo que hace la discoteca catalana es exactamente el mismo abyecto ejercicio del poder que tirar durazos a un mendigo para ver cómo baila. Se trata de ofrecer a sus clientes, hombres y por tanto personas, la estimulante experiencia de comprobar su superioridad social, frente a mujeres, y por tanto cosas, o por ser más precisas, chochos, a los que se puede hacer bailar a golpe de euros.

El anuncio de la discoteca barcelonesa es clarificador, porque pone el dedo en la llaga en muchas realidades que nuestra sociedad prefiere mantener ocultas. Se agradece, en ese sentido, el ejercicio de sinceridad que supone poner las cartas boca arriba. Este anuncio nos habla de la extrema desigualdad que sufrimos las mujeres en España: nos pagan por ir sin bragas porque pueden, de la misma manera que los turistas tiran monedas a las mendigas porque pueden. Y pueden porque en España, en todos los pueblos y ciudades, hay mujeres (y niñas, ay) a la venta por horas, sobre cuyos cuerpos sellan sus pactos de fraternidad los empresarios, y también los obreros, y hasta lo cantautores como Sabina, al que es un anatema llamar machista pero que en una de sus canciones nos relata orgulloso cómo un par de amiguetes le reservaron “por la cara” los favores de Maruja la Cachonda.

Es, la discoteca barcelonesa, una Academia, un Liceo que pretende enseñar a los vecinos, a toda la comunidad, dónde estamos unos y otras, quiénes somos.

Decía Bakunin que el ejercicio del poder corrompe, y la sumisión al poder degrada. Pues eso.

Anuncios