Por Charo González

Desde que empecé a participar en los talleres de autodefensa feminista algo ha cambiado en mi forma de habitar el mundo. No me refiero sólo a cómo transito el espacio, también al modo en que gestiono mis relaciones sociales, principalmente con los varones. Ahora ocupo la ciudad con más seguridad, y mucho más ligera, sacudiéndome comportamientos aprendidos e interiorizados a lo largo de cuatro décadas; mi cuerpo de repente ya no es algo que esconder o defender de agresiones sino todo lo contrario, un escudo potente con el que responder ante la siguiente embestida machista.
Y no se trata únicamente de un cambio en lo físico, el modo en que me muevo o miro, ahí también el machismo se nos ha colado muy adentro porque nuestro lenguaje corporal dice mucho de cómo nos posicionamos. Estoy aprendiendo además a cuidar mi espacio simbólico en la interacción cotidiana, cómo me relaciono, cómo me comunico; qué cosas estoy dispuesta a soportar y cuáles ya no cuelan. Por ejemplo, saber decir no cuando eso es lo que siento, sin temor a defraudar expectativas de otros, o herir egos ajenos, anteponiendo mis intereses personales sobre los del resto, sobre todo cuando se trata de hombres. Y es que hemos sido socializadas de tal manera, en ese “ser para los otros”, que requiere de mucho esfuerzo desanudar tales amarres y reaprender a instalarse en relaciones de respeto mutuo. Ya no pasa nada si le caigo mal a un tipo que no piensa hacer ningún esfuerzo por comprender que tengo derecho a ser honesta, sobre todo conmigo misma. Prefiero parecer una antipática que seguir esforzándome por tratar de ser agradable todo el tiempo, en un ejercicio agotador y frustrante que no me aporta nada a título personal. Por eso en el espacio sororario de los talleres se da una sinergia única en la que nos retroalimentamos todas, desde la reciprocidad, a partir de las mismas experiencias de vida, todas demasiado comunes, siempre repetidas, siempre las mismas. Ponemos en común y compartimos con las otras nuestros saberes, estrategias y herramientas a partir de la escucha empática y activa. Sí señores, es otra conjura feminista, nos hemos unido para no sentirnos nunca más solas ante uno de sus ataques machistas. Y me gustaría poder decir que no hace falta llevarlo a la práctica con demasiada frecuencia, pero lamentablemente en lo cotidiano hay demasiadas manadas empoderadas con las que comprobar el potencial de un no asertivo (o un puñetazo si la agresión es física). Las cifras no pueden ser más esclarecedoras: de acuerdo con feminicidio.net, sólo en el Estado español, más de 100 mujeres son asesinadas cada año por hombres; el propio gobierno ha reconocido una violación cada siete horas -más de 1.200 cada año- y esas son sólo las denunciadas, es decir, menos de un 20% del total. El caso de la agresión sexual en los sanfermines ha permitido visibilizar sólo una pequeña parte de algo mucho mayor y habitual. Unas cifras que sencillamente serían impensables, inasumibles, si se invirtiera el sexo de los agresores y las agredidas. Pero como “sólo” somos mujeres parece que no pasa nada.
Intuyo que algunos hombres no alcanzan a entender la necesidad de estos talleres; no los culpo, ni siquiera pueden imaginarse lo que representa transitar el mundo en un cuerpo de mujer. Hace poco un buen amigo me preguntaba quejoso el porqué de “tanta violencia” por nuestra parte, le expliqué que como mujeres la violencia machista nos interpela permanentemente, que los talleres son defensivos, siempre como respuesta a una agresión masculina previa, y que si pudiéramos elegir todas preferiríamos no tener que destinar parte de nuestro tiempo y energía en capacitarnos para la autodefensa, ni mucho menos ponerla en acción. Resulta penoso tener que recurrir a eso para preservar nuestra libertad. Le recordé que el feminismo se ha caracterizado por ser una revolución pacífica que ha logrado grandes cambios en el orden social sin derramar una sola gota de sangre, porque de este lado nosotras sólo hemos puesto las heridas. Pero los cambios acontecen de una forma tan lenta que no podemos esperar pasivamente a ser la siguiente, habrá que autogestionarse la defensa y pasar a la acción. Se quedó pensativo, no sé si convencido.
Al final el balance no puede ser más positivo para mí, estoy desaprendiendo lo prescindible, limitante, tóxico, y ahora me siento más libre y más fuerte. Leo la cantidad de testimonios sobre el primer incidente de abuso sexual que recientemente la canadiense Kelly Oxford ha recibido de mujeres de todo el mundo al lanzar en Twitter su consulta –un millón de respuestas en pocas horas- y me quedo pensando en lo efectiva que hubiera podido ser una patada a tiempo para librarse de esos ataques en algunos de los casos que se relatan. Mientras el abismo entre las políticas públicas y la realidad de la calle siga siendo tan grande no podemos quedarnos de brazos cruzados. Por eso y por mucho más creo que la autodefensa feminista es una experiencia altamente recomendable para las mujeres.

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