urinarios-boca-de-mujerPor Lucía S. Naveros

Tropecé en las redes sociales con la foto de unos urinarios para hombres con forma de boca de mujer, con los labios pintados y abiertos. En Discovery Channel, un domingo por la tarde, en horario infantil, pude ver un documental sobre una feria norteamericana ambientada en la Edad Media, en la que una de las diversiones consistía en lanzar ratas (de goma, eso sí) al escote de mujeres vestidas como mesoneras. Al abrir una página en Internet invadió mi pantalla el dibujo de una muchacha semidesnuda, de grandes pechos, atada a una ruleta de la suerte. En una comedia televisiva de amplia audiencia, emitida en la sobremesa, uno de los simpáticos protagonistas prometía enviarle a otro un regalo: una puta, pero buena porque “nunca te regalaría una zorra desdentada”.

Son algunos mínimos ejemplos del resentimiento sexualizado que nuestra cultura reserva para la mujeres, agresiones simbólicas que no se admitirían contra cualquier otro colectivo humano. ¿Serían posibles en un establecimiento público unos váteres con cara de judíos? ¿Un negro atado a una ruleta de la suerte?

Pero estas expresiones de odio, si van dirigidas contra las mujeres, están perfectamente naturalizadas e integradas, pasan desapercibidas. Quejarse de esas agresiones simbólicas o simplemente ponerlas de manifiesto es propio de “tiquismiquis”, de “feminazis”, monjas aguafiestas y puritanas, seguramente feas, que no saben aguantar una broma.

La pregunta que me ronda la cabeza cada vez que veo una de estas expresiones de odio es, ¿qué les pasa a muchos hombres? ¿Por qué lo consideran divertido, excitante, o incluso solamente tolerable? ¿Cuál es el origen de esta misoginia cultural, que hemos naturalizado a tal extremo que ni la vemos?

Durante mucho tiempo, leyendo sobre la misoginia y su origen, encontré una respuesta: los hombres tienen miedo al poder de las mujeres. Mirando a mi alrededor me parecía de risa. ¿El poder de las mujeres? ¿De qué me hablas? Todo el ejercicio del poder mundial está en manos de hombres o de mujeres masculinizadas, que han integrado las reglas del juego. Las mujeres limpian los váteres del mundo, cobran los peores salarios o no cobran absolutamente nada, son avergonzadas por su sexualidad, por la forma de su cuerpo, utilizadas como reclamo para vender productos, traficadas como carne; son personas que, cuando envejecen, sobre todo son presentadas públicamente como consumidoras de pañales contra las pérdidas de orina, de productos para las hemorroides o de yogures contra el estreñimiento (ellos son más de colesterol alto, parece que no tienen fondillos ni “tránsito intestinal” que les ocasione problemas). Así que durante mucho tiempo desdeñé esa teoría del secreto poder de las mujeres. Me parecía tan secreto que era inexistente, una excusa para calmar agravios: sí, te odian, pero es porque te temen, pobrecitos.

Hace no mucho, pude ver en Internet un vídeo tomado en algún lugar de Oriente Medio, donde la misoginia es dramática. En el vídeo, de pocos minutos de duración, salía una mujer bailando, y un hombre se empeñaba en bailar con ella. Frente a otros que observaban, el joven intentó en vano que la muchacha le aceptara como pareja, y la agarró violentamente por los brazos para sujetarla a la fuerza. Ella le sacudió entonces una patada, le tumbó y le dió una buena tunda, hasta que un grupo de amigas se la llevó de allí.

Puedo imaginar la humillación que sufrió aquel pesado, que se sentía con derecho a bailar con la desconocida, que intentó tomar ese derecho por la fuerza y que fue rechazado con una agresividad que (sinceramente) me dio envidia y cierta alarma (¿cuánto tiempo van a tardar en desfigurar a esa rebelde?, no pude evitar preguntarme). Ella, seguramente vituperada por su entorno por atreverse a bailar sola, agredida por alguien que pretendía imponerle por la fuerza su presencia, tenía un pequeño poder, sí: el poder del rechazo. Y lo ejercía.

Resulta que la masculinidad no es algo con lo que un niño nace: tiene que ganársela y demostrarla ante el coro (quizá imaginario) de los demás hombres. No ser un “maricón”, no ser un “gallina”, no ser una “nenaza”. Una de las marcas de esa masculinidad frágil y tóxica que transmite nuestra cultura (y que gracias a Dios no todos los hombres interiorizan así, sin cocinar) es la conquista sexual. Las mujeres son despreciadas como el ejemplo de lo que un hombre nunca debe ser (“maricón” lo dice todo), pero a la vez esos seres inferiores tienen el poder del rechazo. Sentirse superior pero depender de la voluntad de alguien supuestamente inferior para demostrar tu propio estatus no es un guiso fácil de tragar. Esas expresiones públicas de odio, con las que vivimos como con la contaminación de las ciudades, sirven quizá para tranquilizar a los rechazados, a la tropa de los de atrás, los de los granos, que siempre pueden equilibrar la balanza recurriendo al manido “calla, puta”.

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