Por Lucía S. Naveros

Anoche me pasé un buen rato con mi hija y mi hijo, ambos adolescentes, viendo vídeos musicales en MTV. Una y otra vez, canción tras canción, vimos desfilar a tipos entrañables o peligrosos, vestidos según distintas modas. Tipos molones, enrollados, rockeros que saben disfrutar de la vida de verdad, no como usted, oscuro oficinista (o parado, o precario). Salvo algún pecho musculoso, aislado, ellos eran los dueños de la escena, y no necesariamente tenían que ser guapos y jóvenes. Valía con que fueran “atractivos”. En el fondo de la pantalla, se movían culos y tetas. Nalgas y pechos, labios y ojos, diminutos shorts, movimientos sexuales. En alguno de los vídeos, eran mujeres las que llevaban la voz cantante, pero siempre con la misma tónica: chicas hot, algunas arrastrándose por el suelo, otras lamiendo barras de metal. El mensaje era deprimentemente unánime, mujeres hipersexualizadas, supermaquilladas, contorsionándose. Hombres, jóvenes y no tan jóvenes, casi siempre vestidos, disfrutando y dominando el espectáculo.

Para un extraterrestre, esa presencia insistente de cuerpos de mujeres podría dar la idea (falsa) de que nuestra cultura es sobre todo femenina. Sentada allí, con aquellos dos jovenzuelos sobre los que la naturaleza me ha dado la tutela, pensé que no era cierto. Que todo estaba dirigido a una bragueta, la gran bragueta del mundo. A ella apelaban todos esos mensajes insistentes, repetitivos. Conseguir que esa bragueta se pusiera en admirado movimiento era el objetivo común.

A mi hija, los vídeos musicales le decían que una mujer, para ser digna de salir en ese altavoz planetario, debe saber sobre todo poner caliente a un hombre. A él, en cambio, le insistía en que las chicas eran eso, labios como de plástico, pestañas postizas y tetas reventonas, anhelantes de gustar y ser admiradas.

Ese mensaje machacón dirigido a la entrepierna de los hombres era tan aplastante que parecía imposible oponerse a él. Esa bragueta que tan unánime aplauso recibía, que tal tributo necesitaba y obtenía, necesariamente tenía que tener razón. ¿Cómo explicarle a mi hija que ese narcisismo minuciosamente cultivado en ellas, dirigido a la mirada y la fantasía masculina, no tenía nada que ver con la feminidad, y ni siquiera con el deseo sexual femenino? ¿Cómo explicarle que las mujeres sí son seres sexuales, pero que ello no pasa necesariamente por bailar en una barra de striptease? El mensaje dirigido hacia las jóvenes que distraídamente seguían las evoluciones de las artistas musicales era que sólo vales si se la pones dura. La que asumiera a rajatabla ese mandato cultural, sin embargo, podía recibir (y seguramente recibiría) un durísimo varapalo social, en forma de misógino desprecio hacia la “puta”.

A él tampoco me resultaba fácil explicárselo. Hacerle comprender que los hombres, él incluido, no eran solo una bragueta tumefacta, que como un bebé llorón exije y obtiene atención. Que la bragueta alberga a un órgano plenamente digno, pero no a la brújula de la existencia. Que creía firmemente que él era mucho más que una bragueta, y que el sexo (y las relaciones cotidianas con el resto de los seres humanos) era también mucho más que esa hueca promesa de poder y vanidad, que nada o casi nada tiene que ver con la realidad.

Pero la realidad está ahí fuera, y es ineludible. La realidad nos dice que en el altar de la bragueta mundial se inmolan día a día multitud de vidas, sobre todo de mujeres, también de niñas y niños. Las escolares secuestradas por Boko Haram, que vuelven gota a gota y muestran sus miradas avergonzadas al mundo, cargadas con bebés despreciados, convencidas ya para siempre, como una verdad demoledora, de que no pertenecen a la especie humana, de que están en el lado del ganado, de los pollos criados para las carnicerías. Las jóvenes vendidas y compradas cada año en el mercado de tratantes de esclavas que surte los burdeles de Europa, para el disfrute de esas braguetas ya no mundiales, sino completamente cercanas (aunque anónimas) que financian los prostíbulos que vemos fugazmente cuando volvemos a casa por la autopista. El mercado de cuerpos de Asia, donde el turismo sexual se ha disparado a cifras desconocidas hasta ahora.

MTV, que difunde los productos de una industria que intenta convencernos una y otra vez de lo que somos unos y otras y de lo que debemos ser, no nos sale, ni mucho menos, gratis.

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