Por Lucía S. Naveros

Hay un tipo de series de televisión, casi siempre americanas, que desarrollan la fantasía de un adolescente con espinillas. Esa fantasía parte de que algunas chicas guapas, destinadas a ser inalcanzables para el hormonado muchacho, estén de pronto al alcance de cualquiera y reciban su “merecido” en forma de humillaciones propinadas por el más feo y bajito del lugar. Al lado de ese hombre detestable, que puede magrear o “tirarse” a las chicas cuando le venga en gana, el adolescente fantasioso se siente un Adonis.

Uno de los mejores ejemplos de este guión (que empieza a ser un arquetipo cultural) está en la comedia “Dos chicas sin blanca”. En ella, una rubia alta y supuestamente pija (ahí se une también la venganza de clase), un poco tonta pero bien intencionada, pierde su fortuna y se ve obligada a currar para sobrevivir. Se alía a una morena de tetas grandes, supuestamente de clase baja, que asume con humor y gracejo el papel de “guarrilla” para el que ha nacido. Esta chica parece de vuelta de todo, no se hace ilusiones sobre la naturaleza de las relaciones humanas (que se resumen en que un hombre pague por follársela), pero dedica innumerables horas y dinero a maquillarse y a embutirse en un imposible traje de camarera varias tallas menor, esfuerzo que en la pantalla no vemos, pero que se trasluce en el impecable aspecto de pestañas postizas y lencería cara que ofrece. Ambas intentan salir adelante entre los pellizcos y las palmadas de los parroquianos, y al servicio de un asiático enano (ahí, a la revancha de género, y a la de clase, se une el racismo, ya que hasta un enano chino se podría tirar, si se esfuerza un poco, a ambas esculturales mozas). Y como son creativas y quieren salir adelante, montan su propio negocio, no de videojuegos, ni de venta por catálogo: de cup cakes, ya que además las damas son alegres cocineritas. El quiz de la cuestión, lo que hace deliciosamente hilarante el asunto, es que ambas no tienen dinero, lo que las obliga a aguantar a un cocinero negro (otra vez el racismo), y a tratar con una vecina proveniente del Este de Europa, que también confirma lo que todo el mundo sabe: que las mujeres en realidad sólo tienen un deseo, sacar dinero de algún hombre. Y que si no tienen un hombre a mano, pueden recurrir a lo que saben hacer. Porque esta mujer mayor, grotescamente maquillada y vestida como una artista porno, ha montado su propia empresa, y no le va mal. En este caso no se dedica a los cupcakes, sino a la limpieza doméstica (lo que también es hilarante, porque tiene todo el aspecto de ser una madam de burdel).

La serie en cuestión, compendio de todas las virtudes de la misoginia y el patriarcado, ha tenido el suficiente éxito como para tener varias temporadas, y ser traducida y emitida en numerosos idiomas y países. A través de ella, jóvenes y no tan jóvenes del ancho mundo se pueden tomar su revancha, contra la compañera de instituto que les dio calabazas. Y todos, ellos y ellas, aprenden que estar al borde constante de la prostitución es la condición natural de las mujeres, que en realidad no se hacen ilusiones respecto al sexo: saben que es una transacción comercial más en un mundo lleno de transacciones comerciales.

La cosa no tiene la más mínima gracia, no sólo por el atroz mensaje que vende entre risas enlatadas y luces de neón, también porque se dirije a un mundo en el que la pobreza femenina es una plaga. El acceso de las mujeres a la riqueza de la tierra (a la mera manutención) ha sido uno de los mecanismos de las sociedades patriarcales para establecer su dominio sobre la mitad femenina de la humanidad. Los hombres mantuvieron y mantienen el control de los bienes de la Tierra, y abren o cierran la bolsa según ellas abran o cierren las piernas, por decirlo con crudeza y de manera sintética. La pobreza estructural de todas las mujeres, también de las de la burguesía, fue una realidad aplastante hasta las revoluciones feministas que marcaron el siglo XX, como bien han analizado numerosas teóricas, como Virginia Woolf. Esa prohibición de controlar sus propios bienes estuvo regulada en la ley española, por ejemplo, hasta el año 1975, ya que las casadas no podían disponer de dinero (ni de su salario, caso de que lo tuvieran) sin permiso expreso del marido, propietario de todo. La situación de aquellas mujeres del siglo XIX que sólo podían aspirar a ser elegidas por un hombre para poder sobrevivir (o se veían empujadas al “arroyo” o a los límites de la pobreza) ha sido magistralmente retratada por numerosos autores, singularmente por Jane Austen, por ejemplo. Esta pobreza estructural a la que las mujeres fueron abocadas por el patriarcado sirve también para alimentar otro mito misógino, el de la bruja interesada, que sólo está con un hombre por su dinero. La pescadilla que se muerde la cola: no te permito el acceso a una profesión digna, no te autorizo a testar y a abrir ni siquiera una cuenta corriente, pero te acuso de ser una puta fría e interesada que vendes tu amor por dinero.

La pobreza, en el mundo horrible que estamos creando en el siglo XXI, sigue teniendo nombre de mujer, y “Dos chicas sin blanca” nos dice que eso es natural, divertido y por qué no decirlo, hasta excitante.

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