EL SISTEMA PROSTITUCIONAL ANTE
LAS PROPUESTAS DE “REGULARIZACIÓN”
Rosario Glez. Arias

“La pregunta no es: por qué mujeres “optan” por la prostitución
sino por qué tantos varones optan por comprar mujeres y niñas/os en prostitución”
(Asamblea Raquel Liberman contra la explotación sexual de Argentina)

La prostitución de mujeres ha estado y está tan extendida y socialmente “normalizada” que actualmente cualquier posicionamiento en contra de su “regularización” es tachado de puritanismo, aunque provenga de posturas feministas avanzadas o progresistas, pues dentro del propio movimiento feminista el tema es controvertido. Este debate gira siempre en torno a la idea de si la práctica prostitucional representa un ejemplo de libertad y emancipación sexual o todo lo contrario; también si la no regulación condena a las mujeres prostituidas a mayor clandestinidad, vulnerabilidad y estigmatización.

En lo personal entiendo los argumentos que honestamente se plantean a favor de la regularización desde un sector del feminismo, pero me temo que desafortunadamente la marginación social que enfrentan las mujeres prostituidas o en situación de prostitución no se mitigará así ni muchísimo menos, sino todo lo contrario. Y en cuanto al argumento del supuesto efecto “liberador” que el ejercicio “voluntario” de la prostitución representa para las mujeres (libre ejercicio de su sexualidad y sobre sus cuerpos), puedo resumir mi postura en la siguiente idea que tomo prestada: decirle SÍ al sexo, no significa decirle NO al poder.

Pero antes de desarrollar mi planteamiento, considero necesario hacer cuatro precisiones:

– En primer lugar debo aclarar que me preocupa, y mucho, el respecto por la autonomía de las mujeres por lo que no defiendo la intervención penal sobre ellas, decantándome más bien por el modelo nórdico (iniciado exitosamente en Suecia en 1999), basado en el principio de que bajando la demanda se reducirá la oferta: ayudas sociales a las mujeres para salir de la prostitución voluntariamente (apoyo económico, capacitación, etc.) y sanción económica (administrativa, no penal) a quien quiera alquilar sus cuerpos, es decir a los prostituidores (“clientes” y proxenetas).

– En segundo lugar se ha dicho desde algunos sectores que sólo las mujeres prostituidas deberían están legitimadas para opinar públicamente sobre el tema. En lo personal, considero fundamental su opinión, pero creo que se trata de un asunto con implicaciones importantes para todas las mujeres (por simbolizar socialmente el uso del cuerpo femenino como instrumento de placer de otros) por lo que deben oírse las voces de todas ellas. En términos ontológicos es improbable que una mujer prostituida se posicione en contra de la prostitución, pues ello equivaldría a negar parte de su identidad (Carmen Vigil y M. Luisa Vicente, 2006), pero a la vez muy pocas de ellas desean esa misma actividad para sus propias hijas. Lo que sí hay son muchos testimonios de ex prostituidas que se han manifestado abierta y enérgicamente en contra, convirtiéndose en activistas políticas a favor de la abolición.

– Es necesario considerar además la diversidad de situaciones que incluye el término: niñas y mujeres tratadas-secuestradas (desde los países y regiones del mundo más empobrecidas hacia los países ricos), turismo sexual (idem), prostitución “de lujo” (en referencia a las mujeres que están por cuenta propia, con altos ingresos e incluso en algunos casos con estudios superiores: pero sólo constituyen un 0.5% del total), hombres hetero u homosexuales, personas transexuales, extranjeras indocumentadas, mujeres con problemas de drogadicción, feminicidios que a menudo quedan impunes, etc. El panorama se muestra realmente complejo. Por ello hay que evitar caer en generalizaciones y simplificaciones, y considerar el fenómeno incorporando factores socio-económicos como la pobreza, el analfabetismo, cuestiones étnicas (de acuerdo con el Comité de Seguimiento de la Alianza de mujeres indígenas de México y Centroamérica, 70 de cada 100 mujeres víctimas de trata son indígenas), identidad de género y otros.

-Por último una postura consistente con los derechos humanos no puede olvidar que la CEDAW (convención de la ONU contra la discriminación de las mujeres, en vigor para la mayoría de los países incluido México desde 1981) considera la prostitución una explotación y una forma de discriminación contra la mujer en su artículo 6: “Los Estados Partes tomarán todas las medidas apropiadas, incluso se carácter legislativo, para suprimir todas las formas de trata de mujeres y explotación de la prostitución de la mujer”.

En mi opinión denominar “trabajo sexual” a una actividad que consiste en la venta o alquiler de cuerpos femeninos no deja de ser un giro lingüístico que suaviza semántica el término, pero que en nada cambia la realidad que esconde: reducir a las mujeres a meros objetos para el mercado sexual masculino. Se estima que de de cuarenta a cuarenta y cinco millones de personas en todo el mundo están involucradas de uno u otro modo en la prostitución. La gran mayoría son mujeres. No puede olvidarse además que la prostitución está estrechamente ligada a la delincuencia organizada y es la principal causa del contrabando y trata de mujeres y niños/as en todo el mundo.

Me pasa que no me gusta vivir en una sociedad donde los varones se permiten alquilar o comprar los cuerpos de las mujeres para su propio placer, bajo la idea de que todo se puede comprar y vender, de que todo tiene un precio. Esa idea es absolutamente funcional al capitalismo. Yo creo que eso no puede ser un trabajo, es explotación laboral y sexual, por tanto una forma de violencia. En otras palabras: si la prostitución es un trabajo entonces el proxeneta es un empresario y el traficante un empresario internacional.

La prostitución es un comercio que pone al servicio del hombre blanco (que puede pagar para conseguir cuerpos que no se resistan, aprovechándose de las necesidades ajenas) nuevos entretenimientos sexuales (1); porque el sistema prostitucional no se entiende si no es al amparo del sistema patriarcal, neoliberal y colonial (2). Como dice Rosa Cobo: la prostitución es una de esas prácticas sociales en las que con mayor claridad se puede ver que hay una alianza a muerte entre capitalismo neoliberal y patriarcado. En el capitalismo, regido por la ley del mercado del “saber vender y venderse”, cualquier ocupación que permita una magra subsistencia se convierte en trabajo aunque sean contratos de explotación y servidumbre. La propia OIT (Organización Mundial del Trabajo) en su publicación The Sex Sector (1998) a cargo de Lin Lean Lim, afirma cínicamente, que “la existencia de la llamada “industria sexual” es un hecho justificado por el dinero que produce” (Sara Torres, Palabras Cruzadas, en CLADEM 2003: 14-15). La finalidad de este trabajo de la ONU no es otra que justificar -ante el volumen del “negocio”- que los Estados cobren impuestos de esa actividad, tras comprobar que en Tailandia la mitad del PBI y en Holanda un tercio provenía de la prostitución. Visto así, el Estado estaba perdiendo mucho dinero…..

No creo que las propuestas de “regularización” dentro del mercado laboral, mediante contratos, cotizaciones a la seguridad social, pago de impuestos, acotación de zonas dentro de las ciudades para su ejercicio, controles y cartillas sanitarias para las mujeres (curiosamente nunca para los clientes), etc., sean realmente liberadoras para las mujeres y que más bien se disfraza como progreso social lo que en realidad es el mantenimiento de una explotación sexual y laboral ancestral e histórica, y un negocio muy rentable (el tercero después del narcotráfico y la venta de armas) que mueve millones de dólares en el mundo y que encubre la trata de mujeres y niñas. Coincido con Cecilia Lipszyc (3) en que el término “trabajo sexual” no es neutro, las palabras no son inocentes, tienen detrás propuestas, no sólo jurídicas sino, sobre todo, políticas, de política sexual. En este sentido, y de acuerdo con Foucault, el dispositivo de la sexualidad forma parte de las microprácticas de poder en el proceso de formación del sujeto moderno, que incluiría discursos científicos, medidas legales, organización de espacios, etc. (Valladares 2004). De ese modo la construcción de la sexualidad por parte del Estado se lleva a cabo a través del Derecho, uno de los sistemas normativos que actúa como “dispositivo de poder”, y que es la institución encargada de la regulación de los placeres, que norma el ejercicio de la sexualidad por excelencia. Por eso sólo a partir de una ficción jurídica puede defenderse que, como plantea la misma autora, hechos que en cualquier trabajo son considerados acoso o abuso sexual (toqueteos, violaciones, insinuaciones verbales, requerimientos sexuales indeseados) sean convertidos por arte de magia en parte del “trabajo” de un sector determinado de mujeres, la mayoría pobres, indígenas o inmigrantes. El Derecho es discurso y en ello radica precisamente su poder disciplinario y performativo, en virtud del cual se puede transformar una agresión en una actividad comercial, un delito en un contrato. Y todo a partir de un giro lingüístico, de un recurso discursivo que equipara la aceptación de dinero por parte de la mujer con su consentimiento, haciendo abstracción de su historicidad y poniendo entre paréntesis el contexto económico y social de desigualdad entre las partes que propicia dicho consentimiento (cuando precisamente en términos legales el consentimiento sólo es efectivo si se presta entre iguales).

Notas:

1. No por casualidad los dispositivos de control social sobre la prostitución no rozan ni de lejos a los varones clientes-prostituyentes, para quienes nada se reglamenta.
2. En el caso español más del 75% de las mujeres prostituidas son inmigrantes.
3. “Mujeres en situación de prostitución: ¿esclavitud sexual o trabajo sexual?”, en CLADEM 2003.

REFERENCIAS:

Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de las Mujeres 2003. Prostitución: ¿trabajo o esclavitud sexual? Lima: CLADEM.

Valladares, Lola Marisol 2004. Derechos Sexuales. Disponible en http://www.convencion.org.uy/08Debates/Serias2/Lola%20Valladares.pdf

Vigil, Carmen y M. Luisa Vicente 2006. Prostitución, Liberalismo Sexual y Patriarcado. Disponible en http://webs.uvigo.es/pmayobre/textos/varios/liberalismo.pdf

Anuncios