DIFERENTES DIFERENCIAS: EL TRANSFEMINISMO COMO UN RETO FRENTE A LA INTERSECCIONALIDAD
Rosario González Arias
“Creamos categorías para entender el mundo (…)
pero nuestro interés por entender este mundo
de desigualdad e injusticia, es cambiarlo”.
Myra Marx Ferree (2009: 98)
El concepto de interseccionalidad
La interseccionalidad es la expresión de un sistema complejo de estructuras de opresión múltiples y simultáneas, basadas en todos los sistemas de dominación que operan con base en las diversas categorías sociales que sostienen dichos sistemas. El concepto se relaciona con el de “identidades múltiples subordinadas”, en referencia a aquellas personas con identidades subordinadas a múltiples niveles, que por lo mismo se enfrentan a mayores prejuicios y formas de discriminación que aquéllas que tienen sólo una identidad subordinada.
En el presente trabajo se recurre al enfoque interseccional como una categoría de análisis social que permite abordar la discriminación de las mujeres con mayor rigor y precisión, dado que cuando un factor de discriminación interactúa con otros mecanismos de opresión ya existentes, crean en conjunto una nueva dimensión de desempoderamiento. Para Alda Facio et al (2012), estas formas de discriminación no se excluyen mutuamente, de hecho con demasiada frecuencia se entrecruzan dando lugar a una “intersección”, simultaneidad o maraña de discriminaciones que es muy difícil de desenredar y que es mucho más que la suma de dos discriminaciones, es una distinta forma de discriminación creada precisamente por la intersección de dos tipos distintos de discriminación.
La idea que daría origen al concepto de interseccionalidad surgió por primera vez en una crítica de la literatura feminista, cuando en 1981 bell Hooks en su libro Ain’t I a Woman? señala la tendencia del feminismo a comparar la discriminación experimentada por las mujeres en el patriarcado con la de los negros en Estados Unidos, y critica que esta situación análoga de las mujeres negras, tanto frente al feminismo estadounidense como frente al movimiento racial estadounidense implicaba “que todas las mujeres son blancas y todos los negros son hombres”. El término propiamente dicho no aparece hasta ocho años más tarde con la jurista estadounidense Kimberlé Crenshaw (1989) quien lo acuña con la finalidad de introducir el debate de la interseccionalidad de la violencia contra las mujeres en el sistema judicial y legal de Estados Unidos. La tesis central de Crenshaw es que las mujeres negras en Estados Unidos sufren y perciben el racismo de manera muy distinta a los hombres de color, y la discriminación sexista de manera diferente a las mujeres blancas. El concepto es la metáfora de una intersección o cruce de caminos entre distintas discriminaciones. Dos marcos conceptuales sustentan el paradigma creado por Crenshaw, el de “riesgo múltiple y el de las “opresiones entrelazadas”.
De acuerdo con la autora, la teorización e investigación de la “raza ”, la clase y el género como construcciones autónomas que ejercen influencias independientes sobre variables de resultado, no tiene una base real. Tales divisiones sociales no existen ni operan de forma independiente en la vida social, ya que nadie está determinado sólo por la raza, el sexo/género o la clase socioeconómica, por el contrario todo el mundo es, en todos los momentos de su vida, miembro de un grupo racial, sexo-genérico y de clase, y es a partir de la intersección de esos atributos que se forma la identidad. Es la combinación de la “raza”, clase y sexo/género de la gente lo que influye sus experiencias y percepciones de sí misma y de las otras.
Esta idea de la interseccionalidad, de las opresiones múltiples o confluencia de subordinaciones, de que existen “diferentes diferencias”, nos remite a la discriminación de género como un complejo engranaje de poder que no puede ser interpretado en su totalidad por variables aisladas (Gaby Oré 2011). De acuerdo con bell hooks el estatus social de las mujeres negras es más bajo que el de cualquier otro grupo pues “al ocupar esa posición, aguantamos lo más duro de la opresión sexista, racista y clasista”, mientras que las mujeres blancas y los hombres negros están en una doble posición: pueden actuar como opresores o ser oprimidos y oprimidas,
Los hombres negros pueden ser víctimas del racismo, pero el sexismo les permite actuar como explotadores y opresores de las mujeres. Las mujeres blancas pueden ser víctimas del sexismo, pero el racismo les permite actuar como explotadoras y opresoras de la gente negra. Ambos grupos han sido sujetos de movimientos de liberación que favorecen sus intereses y apoyan la continuación de la opresión de otros grupos (2004: 49).
Las propuestas de las autoras estadounidenses fueron retomadas por otras teóricas feministas no blancas, como sería el cado de Ien Ang (1995) quien reflexiona sobre las dificultades para las mujeres asiáticas de convertir sus diferencias en capital intelectual y político, y construir una voz de autorepresentación dentro de feminismo considerado mayoritariamente “blanco” u occidental. La puertorriqueña Aurora Levins (2004) plantea un argumento similar sobre la incorporación de las voces y experiencias de las mujeres latinas en la academia feminista estadounidense, mientras que Chela Sandoval (2004) y Gloria Anzaldúa (2004) son las teóricas que mejor representan el caso de las mujeres chicanas.
Compartimos con Patricia Muñoz (2011) la idea de que todas estas categorías o variables identitarias, tienen en común una condición “anti-natural”: todas pueden ser provocadas y perpetuadas por políticas, agentes y estructuras de poder, pues se trata de complejas construcciones culturales, que responden a un contexto social y político históricamente determinado. Reparamos así en el legado violento de la esclavitud, el despojo de la conquista y el colonialismo, el entramado de poder heteropatriarcal, y las jerarquías económicas surgidas del sistema capitalista. Podemos decir que se trata de fenómenos sociales en el sentido fuerte del término “social”, es decir, fenómenos que construimos colectivamente dotándolos con unas características que no les son propias, que no son “constitutivas” de su “naturaleza”, sino que nacen de nuestra propia relación con tales fenómeno, es decir, de cómo lo problematizamos (Tomás Ibáñez, en Prólogo a Enrique Santamaría 2002).
En consecuencia, y siguiendo a Judith Butler (2007), entendemos al sexo/género y resto de categorías identitarias en su dimensión performativa, esto es, como el resultado de prácticas sociales permanentemente reproducida en base a normas sociales más o menos negociadas. De esa forma consideramos las identidades en su carácter relacional, alejándonos de posiciones esencialistas que impiden ver las diferencias culturales, geopolíticas, económicas y sexuales que habitan al interior de cada una de ellas, dado que no hay identidad individual o social que no esté apresada por la contingencia (Lola M. Valladares 2003). Por ello la categoría “mujeres” debe ser considerada desde la diversidad y multiplicidad que la configuran, no asumiendo el término como un concepto homogéneo; por el contrario consideramos necesario hablar de mujeres en plural, evitando esencialismos e incorporando la posibilidad de transformación identitaria en función de variables como la clase, lugar de origen y de residencia (rural-urbano), grupo étnico de pertenencia, etapa del ciclo vital o nivel educativo, entre otros factores que influyen en su discriminación.
En este punto es importante aclarar que junto a la necesidad de estar atentas/os ante el riesgo de esencializar las categorías de análisis en base a las identidades, es importante a la vez superar los límites del ‘construccionismo vulgar’ sobre la ‘política de la identidad’ (identity politics). De acuerdo con Kimberlé Crenshaw (1995) esa interpretación simplista del construccionismo considera que “dado que todas las categorías son socialmente construidas, no existen ni ‘negros’ ni ‘mujeres,’ y por lo tanto carece de sentido continuar reproduciendo esas categorías u organizándose alrededor de éstas”. Obviamente una postura antiesencialista deber evitar los riesgos de caer en un exceso de construccionismo, que llevaría en último extremo al inmovilismo social y a posturas universalistas homogeneizadoras.
Aportaciones del enfoque interseccional
Como nos advierte Enrique Santamaría (2002) “el principal obstáculo epistemológico con el que la sociología se enfrenta es el del etnocentrismo”, entendiendo el término en su sentido más general, que incluya todos los sociocentrismos y androcentrismos propios de sociedades contemporáneas heterogéneas y desiguales (pag. 37). De ahí la importancia de considerar la diversidad social incorporando el enfoque interseccional. Por eso toda práctica investigadora debe ser vigilante de que sus interrogantes, conceptos, teorías e inflexiones metodológicas no reintroduzcan el etnocentrismo y otros sistemas de jerarquización y subordinación social; por el contrario debe interrogarse sobre cuáles son las formas que contribuye a reforzar y subvertir. Así por ejemplo, de acuerdo con Lisa Wade (2009) para poder analizar cómo la lógica cultural imperialista está siendo reproducida, el feminismo postcolonial debe estar atento a la distribución de esas lógicas, haciendo hincapié en la redistribución y resistencias a tales narrativas hegemónicas. Creemos que el recurso a la interseccionalidad contribuye a evitar esos riesgos. No por casualidad, diferentes estudios nos muestran que elementos del análisis interseccional aparecen con mayor frecuencia en investigaciones realizadas por autoras indígenas, originarias o afrodescendientes, o académicas que se especialicen en estudios antiracistas o estudios sobre mujeres indígenas y afrodescendientes en Latinoamérica. Se hace pues necesario analizar qué hay detrás de este enfoque “generalista” y homogeneizador que hace que se pierdan las dimensiones de clase y “raza” de la discriminación de las mujeres, así como las experiencias de las lesbianas, transexuales, discapacitadas, entre otras. Porque está demostrado en diferentes investigaciones que la falta de atención de estas dimensiones refuerza el olvido institucional y la marginación de las mujeres más vulnerables, pues como dice Sandra Freedman “mientras más se diferencie una persona de la norma es más probable que experimente múltiples formas de discriminación y es menos probable que reciba protección” (citada en Myra Marx Ferree 2009: 11).
De acuerdo con Carmen Expósito (2012), a nivel académico parece haber consenso en torno a que la mejor manera de tratar las desigualdades múltiples es “la teoría feminista de la interseccionalidad” (pag. 216), la cual se convierte en un método de análisis sociológico que permite interrogarse sobre la reproducción institucional de la desigualdad. De esta forma la perspectiva interseccional se erige en el método de interpretación y abordaje más sofisticado para la identificación de manifestaciones concretas de la desigualdad que afectan a las mujeres. Siguiendo con la autora, junto a esta dimensión metodológica tan importante para el trabajo académico e investigador, la interseccionalidad parece además la manera lógica de integrar la diversidad dentro del feminismo. Para Expósito la aproximación interseccional puede ser entendida así mismo como un método de intervención social, y más concretamente como una estrategia política, que a través del tratamiento integrado de las desigualdades, contribuya a diseccionar con más precisión las diferentes realidades en las que se encuentran las mujeres y por lo tanto puede contribuir a mejorar la acción política, dando respuesta a la heterogeneidad de las situaciones que viven las mujeres.
En consecuencia consideramos útil recurrir a la perspectiva interseccional como un marco analítico e interpretativo para explorar las dinámicas de poder, los sistemas de subordinación y los regímenes de desigualdad (y de privilegios) y su impacto en las identidades y procesos sociales en torno al sexo/género. A pesar del potencial de este instrumento metodológico su uso se mantiene a menudo en los márgenes de las meta-narrativas de trabajo, por lo que se hace necesario incorporarlo en nuestras investigaciones, poniéndolo en práctica como herramienta de trabajo en el análisis de los fenómenos sociales.
En esta línea, la discriminación interseccional toma en consideración el hecho de ser mujer en sociedades patriarcales, inmigrante en sociedades racistas, pobre en un sistema económico que privilegia atesorar riqueza, mujer rural en sociedades que privilegian lo urbano, discapacitada en sociedades altamente competitivas, anciana en sociedades donde el valor en alza es la juventud, mujer lesbiana o transexual en sociedades altamente heteronormativas y homofóbicas y transfóbicas, etc.
Categorías de análisis para la interseccionalidad
Nos detendremos a continuación brevemente en algunas de las categorías sociales que interactúan junto con el sexo/género en la discriminación de las mujeres.
“Raza”: Como vimos ésta fue la principal categoría de discriminación planteada por las feministas estadounidenses que abordaron inicialmente la cuestión de la interseccionalidad. En términos generales puede decirse que no hay “razas” humanas, aunque sí hay racismo, el cual se alimenta precisamente de la falsa idea sobre la existencia de tales clasificaciones biológicas, por eso emplear el término puede ser una forma (consciente o inconsciente) de reforzar el racismo. Por otro lado han surgido propuestas de algunas autoras, como las chicanas, que desde las fronteras (políticas, culturales y epistémicas) se han apropiado del término resignificándolo y haciendo un uso político del mismo como una forma de reivindicar su identidad híbrida; se puede decir que en estos casos aludir a la pertenencia a una “raza” (la chicana), sirve como un marco de referencia que permite poner nombre y reconocer su elemento diferencial, ése que de alguna forma las aglutina e identifica como una cultura fronteriza, periférica, minorizada y de algún modo también disidente. Para el caso de América Latina, dado que el concepto “raza” tiene un origen teórico y responde claramente a un tipo de discriminación generada desde la cultura anglosajona, creemos necesario sustituirlo o por lo menos complementarlo con el concepto de etnia, el cual tiene un mayor poder explicativo y descriptivo del tipo de discriminación sufrida por los pueblos originarios desde la Conquista y hasta nuestros días, al ajustarse con mayor afinidad a la realidad histórica y social del pasado colonial de nuestro continente. Creemos importante aclarar que etnia es un concepto más complejo que el de “raza” (que sólo hace referencia a una cuestión de fenotipos) al aludir a un grupo social que comparte lazos históricos y prácticas culturales. En el caso concreto de México, el término etnia o grupo étnico responde mejor a las características de nación pluriétnica y multicultural definida en el artículo 2 constitucional y conformada por la gran diversidad de pueblos indígenas que la habitan junto con las personas mestizas. La población indígena conforma una minoría en relación a la población total en México (casi 15%, que equivale a algo menos de 16 millones de personas), sin embargo están sobrerrepresentados dentro de los indicadores de pobreza, pues más del 70% de las personas indígenas son pobres. En el caso concreto de las mujeres la situación de alta vulnerabilidad en la que se encuentran es aún mayor pues su condición étnica y de clase se conjuga e intersecciona con la de género.
Clase social: Esta categoría cobra especial relevancia en un sistema social que todavía clasifica a la gente en función de sus ingresos, y que dadas las extremas desigualdades económicas existentes en el mundo, tiene a más de mil millones de personas sumidas en la pobreza, con casi nulas posibilidades de mejora. Cuando esta categoría se conjuga con la discriminación por razones sexo-genéricas sucede que siete de cada diez personas que muere de hambre en el mundo son mujeres y niñas. El problema de esta intersección es que la falta de recursos económicos lleva aparejada además la pérdida de otro tipo de capitales (culturales, sociales etc.) que en conjunto colocan a las mujeres pobres en posiciones de especial desventaja e inferioridad.
Entendemos la pobreza como una violación de los derechos fundamentales de las personas, que por tal motivo no basta con ser reducida, debe ser erradicada. Diversas autoras insisten en el hecho que la pobreza y la desigualdad no son condiciones inmutables, sino más bien, son producidas y reproducidas por factores, actores y arreglos institucionales tales como las políticas macroeconómicas neoliberales. Así por ejemplo para la economista nórdica Else Øyen (citada en Patricia Muñoz 2011), la pobreza es la consecuencia de las dinámicas de poder a las cuales las instituciones internacionales contribuyen mediante sus programas y políticas. Øyen enfatiza el carácter no natural de la pobreza y asume que es producida y reproducida por sistemas hegemónicos, cuya naturaleza es necesario desenmascarar. Agrega que los programas de alivio de la pobreza de las últimas décadas no son críticos de las causas estructurales que la generan ni de la correlación de fuerzas que la producen, menos aún de los agentes que las ejecutan. Ello se explica por una falta de interés y de voluntad política: el objetivo es, a decir de la autora “evitar crear un conflicto donde los agentes creadores de pobreza puedan ser desafiados o cuestionados. Un modelo armonioso es más cómodo que uno conflictivo”. En este sentido habría que completar el tema como hace Antonio Catanni (citado en Patricia Muñoz 2011), quien aborda las desigualdades socio-económicas no únicamente en relación a la pobreza sino también en relación a la “riqueza extrema”: por ejemplo, no debería abordarse el estudio de la pobreza estructural de las mujeres indígenas mexicanas sin incluir el análisis de la riqueza extrema de personas multimillonarias como Carlos Slim y otras.
Edad: Los estudios que analizan el estatus de privación de derechos de las niñas y de mujeres adultas mayores en Latinoamérica (Susana Chiarotti 2003) sugieren que el factor generacional y la pertenencia a distintos grupos etáreos se entrecruza con otras dimensiones de sus identidades a través del ciclo de vida y que esta interseccionalidad intensifica su aislamiento y exclusión. Ejemplos de ello serían los casos de las menores de edad desaparecidas en Querétaro o asesinadas en Ciudad Juárez con total impunidad, casos de pederastía (denunciados por Lydia Cacho) e incesto en el ámbito familiar, o la muerte de la anciana Ernestina Asensio tras una violación tumultuaria por miembros del ejército mexicano, en todos los cuales la edad opera como un factor de riesgo para la garantía de sus derechos fundamentales.
Diversidad sexual: Esta discriminación hace referencia al modo en que la distinta identidad u orientación sexual opera dentro de la opresión heteronormativa que viven las mujeres lesbianas o transexuales, opresión intensificada por el mito cultural de la familia como institución nuclear y heterosexual, y el mito de la complementariedad entre los sexos, los cuales con base en una lógica binaria imperante (e interesada) han sido reducidos desde el discurso científico hegemónico a sólo dos variables: hombres y mujeres, a pesar de la diversidad sexual presente en la realidad social. Hoy países como Nepal, Pakistán, Bangladesh, Alemania o Australia ya reconocen en sus legislaciones la posibilidad de un tercer sexo o género.
Diversidad funcional: Esta categoría es quizá una de las últimas en incorporarse en los estudios de la interseccionalidad. Con ella se está haciendo referencia a las mujeres con capacidades diferentes, físicas o psíquicas, que las colocan en una situación de especial vulnerabilidad, en el acceso a la educación, el trabajo, la participación política, y la justicia, lo que resulta especialmente grave en el caso de sufrir violencia. Sin duda la promoción de la competitividad desde el sistema económico propicia la exclusión y discriminación de quienes no coinciden con los estándares de competencia que cada vez más nos impone el capitalismo bajo la idea del citius, altius, fortius (más rápido, más alto, más fuerte). Por otro lado la sociedad de consumo alimenta una cultura frívola, hedonista y superficial en torno al perfect/beauty body, reduciendo el cuerpo a una forma de consumo más, que fomenta cánones estéticos normativos, estandarizados y homogeneizantes y deja fuera aquellos cuerpos que no se adscriban a las narrativas dominantes o no encajen en la norma estética del momento.
Es necesario aclarar que partimos de la idea de que la lista de diferencias sociales o categorías de diferenciación no es cerrada o exhaustiva, pues responde a luchas sociales por la conquista de derechos políticos, que por lo mismo siempre incluyen un elemento de construcción. Por tanto, se van incorporando nuevas categorías de análisis según se va logrando el reconocimiento de nuevos sujetos políticos y epistémicos que hasta entonces estaban invisibilizados en enfoques homogeneizadores y universalistas. De este modo proponemos entender las categorías de dominación como un proceso, abierto y dinámico, por lo que se podrían ampliar a otras como: mujeres afectadas por el virus VIH/SIDA, residencia urbana/rural, mujeres en situación de prostitución, estar presa en un centro de detención, ser desplazada, refugiada o asilada política, etc.
Creemos además que en sentido estricto el análisis interseccional debe incluir a todas las mujeres, incluso aquellas que por diferentes circunstancias gozan de posiciones de poder y privilegios, como sería el caso de las mujeres blancas, heterosexuales, económicamente privilegiadas, sin importar donde estamos ubicadas, y hacernos responsables de ese poder, pues como ilustran Alda Facio et al (2012) la intersección crea jerarquías que como cualquier jerarquía presupone también privilegios,
Por ejemplo, una mujer negra, de clase media, profesional, de nacionalidad estadounidense tiene privilegios de clase y de nacionalidad con respecto a una mujer blanca pero pobre de América Latina. En otras palabras, esta mujer negra experimenta unos privilegios de clase que existen simultáneamente con la discriminación racial que ella padece todos los días de su vida. Una mujer con una discapacidad en Suecia puede tener privilegios de clase y nacionalidad que no goza una mujer africana no discapacitada pero a su vez, una mujer africana profesional y heterosexual puede gozar de privilegios que no gozan una gran cantidad de lesbianas en todo el mundo. Una mujer joven de Malasia puede tener privilegios que no goza una mujer vieja y pobre de Francia. Y así ad infinitum. Una ama de casa del Golfo, puede tener muy limitada su libertad de transitar libremente por su ciudad pero tiene privilegios económicos que nunca verá una empleada doméstica de Filipinas” (pag. 18).
Por tanto la interseccionalidad nos permite superar un concepto estático de la desigualdad, al aportar un enfoque más fluido y sensible en torno a la complejidad de la discriminación.
El transfeminismo
Para Yakin Ertürk (citada en Patricia Muñoz 2011), Ex-Relatora Especial sobre Violencia Contra las Mujeres de las Naciones Unidas, existe un impacto diferenciado de la violencia de género en mujeres que en virtud de su etnicidad, idioma, cosmogonía/ religión, “raza”, clase y fenotipo, están definidas como inferiores de múltiples formas: inferiores a otros hombres por su sexo; inferiores a otras mujeres definidas como superiores por tener la piel más clara; a mujeres adineradas por ser pobres; a mujeres heterosexuales por ser lesbianas. Como acertadamente plantean Kum-Kum Bhavnani y Margaret Coulson (2004), el problema no es sólo que haya diferencias entre los distintos grupos de mujeres, sino que esas diferencias son a menudo escenario de un conflicto de intereses, por lo que se hace necesario que el feminismo reconozca esos conflictos y los trate políticamente.
Creo que esa revisión crítica del feminismo clásico la está desarrollando el transfeminismo, el cual busca desactivar todos los sistemas de poder y dominación que operan a nivel social, no sólo el patriarcal como hacía el feminismo más tradicional. En este sentido el transfeminismo se desmarca de lo políticamente correcto: no defiende un feminismo blanco, heterosexual, elitista, etc.; no está a favor de un feminismo de libre mercado, ni de políticas de escaparate; sí está a favor de un feminismo de colores y postcolonial, proletario, no heteronormativo, etc. En coherencia con tales planteamientos, desde un enfoque no esencialista y sensible a la diversidad de experiencias, planteamos la perspectiva interseccional como un medio para descolonizar el conocimiento e identificar otros sistemas de poder y dominación que pueden estar operando a la vez que el de sexo/género contra las mujeres. Así entendido el prefijo trans introduce un concepto dinámico, no fijo, no acabado, haciendo referencia a un proceso abierto a otras categorías más allá del sexo/género, es decir abierto a la diversidad. Busca trans-itar hacia/ interrelacionarse con otros devenires minoritarios (en realidad minorizados por los grupos hegemónicos). Considero que el transfeminismo coincide en parte con la teoría queer (desmarcándose también aquí del feminismo clásico) al posicionarse contra la supuesta separación entre el ámbito biológico y el ámbito social que aparentemente representan los conceptos de sexo y género respectivamente, pues en realidad ambos responden a construcciones sociales discursivas ya que las diferencias sexuales son construidas también, al igual que las de género, a partir de discursos sociales y científicos: los cuerpos sexuados no son entidades ahistóricas o transculturales que surgen desde un supuesto estado de naturaleza neutral, con carácter previo al lenguaje y la cultura, sino que por el contrario se construyen a partir de/y en torno a significados culturales. De igual forma se desmarca de la lógica binaria y dicotómica que reduce cada uno de esos conceptos a sólo dos variables posibles (hombre/mujer, masculino/femenino).
Así entendido el (trans)feminismo es una cuestión que nos incumbe a todas y todos, también a los varones, pues el sistema heteropatriarcal los coloca en un lugar lleno de conflicto en ese juego de las masculinidades, que incluiría, siguiendo a Sayak Valencia (2010):
– La hegemónica, construida desde el machismo tradicional y reproducida permanentemente desde todas las instituciones socializantes (familia, escuela, medios de comunicación, religiones, etc).
– La cómplice, ejercida por aquellos hombres que no defienden la masculinidad hegemónica de forma militante “pero participan de los dividendos patriarcales” es decir, gozan, desde una zona de confort silente, de todas las ventajas obtenidas por la discriminación de las mujeres, sin cuestionarla ni tratar de desarticularla (pag. 183).
– La marginalizada, propia de los sujetos endriagos del capitalismo, quienes ante el riesgo de desvirilización por la creciente precarización laboral que les impide erigirse en macho proveedor, la ejercen a través de prácticas hiperviolentas, como una forma de agenciamiento subjetivo con la que proveerse de una identidad masculinista que les brinde un sentido de pertenencia dentro del capitalismo heteropatriarcal. En este sentido el recurso a la violencia extrema opera a la vez como una herramienta de empoderamiento y de adquisición de capital (pag. 90).
Afortunadamente cada vez más varones están desadscribiéndose a este tipo de normatividades de género, a través de nuevas prácticas y discursos que deconstruyen y cuestionan el heteropatriarcado. Precisamente la política queer/cuir, al igual que el transfeminismo, busca desjerarquizar la masculinidad, mediante la reivindicación de otras nuevas alternativas que surgen frente a la masculinidad hegemónica, mediante un agenciamiento desde los márgenes “como respuesta a un modo falocrático de producción de la subjetividad” (Valencia 2010: 175).
Notas
[1] Referimos el término “raza” lejos de cualquier referencia biológica (la raza humana es una especie homo sapiens sin sub grupos) y reconociendo que existe un amplio debate en torno a la pertinencia de su uso en los estudios sociológicos. Por dicho motivo lo escribimos entrecomillado.
[2] La expresión sexo/género nos resulta útil para nombrar todas aquellas discriminaciones basadas en las características sexo-genéricas de las personas, y que operan tanto en función de su adscripción sexual (hombre, mujer u otros) como del rol de género desempeñado (masculino, femenino u otros). Con ello queremos aclarar que no usamos los términos sexo y género como sinónimos, ni como uno derivado exclusivamente del otro.
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Sugerencia de cita:
González Arias, Rosario (2015). Diferentes Diferencias: el Transfeminismo como un Reto Frente a la Interseccionalidad. En Fernando R. Lanuza y Raúl M. Velasco (comp.) Queer & Cuir. Políticas de lo irreal, Querétaro (México), Fontamara y Universidad Autónoma de Querétaro: 111-125.

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